Javier Garde de Miguel

Publicado en el Diario de Navarra el 7 de octubre de 2009 con motivo de las bodas de oro sacerdotales

Javier Garde de Miguel

Al día siguiente de la Navidad de 1935 nacía en Mélida Javier Garde de Miguel. Este pueblo de la Zona media, a orillas del río Aragón, tiene un nombre de resonancia latina, que uno pronuncia con cierta dulzura. El rumor de las aguas que vienen del Pirineo al compás de la salmodia de las de los monjes de la Oliva, ha dado a luz, dentro de su discreción, a gentes notables; Javier, sin él saberlo, puede ser uno de ellos. Y así lo reconocían al menos sus paisanos cuando el sábado 12 de septiembre celebraban en su Parroquia las Bodas de Oro Sacerdotales; junto a ellos, su numerosa familia -hermanos, sobrinos, primos, etc.- que no sabían cómo dar gracias a Dios por el don que ha sido para ellos, a lo largo de toda su vida, la presencia fiel e incondicional del hermano, del tío Javier. “Voy a mi pueblo a ver a mi familia y a saludar a la gente", le oíamos decir.

Desde muy niño, cómo marcaban los cánones, su destino tenía que ser el Seminario Diocesano; largos años de paciente forja que él lo recuerda siempre con la amistad a los compañeros y el afecto a la Casa y a la Institución. Después, en los últimos años, el estudio de la Teología y el Derecho mirando al Cantábrico desde la Universidad de Comillas; una imagen que ni el tiempo que ha pasado, ni el espacio en su traslado a Madrid, ha borrado de los mejores recuerdos de su vida; ni al Padre Nieto, director de una espiritualidad sólida que resiste los retos y tantos avatares que ha superado en su vida. Y siempre, con una apasionada vocación de estudio, escuchando el latido del mundo, para un mejor “aggiornamento” de la Iglesia. Carlos de Foucault, René Voillon, el teólogo Ratzinger, Olegario, y tantos otros.

Después de la celebración en el pueblo que le vio nacer, el domingo 13 lo acogía la gran familia parroquial de Nuestra Señora del Huerto, de la que fue párroco fundador hace 39 años. Aquí ha encontrado Javier el amor, el gozo y la felicidad de su sacerdocio y de su vida; y en la Parroquia, su cuidada dedicación al Mayor de Roncesvalles. Los fieles destacaron "su amor a los enfermos y mayores, novios y familias; abierto a todos infatigable en las tareas de apostolado parroquial y diocesano". No faltó nadie de los que podían asistir. Sin el saberlo, gracias al interés y entusiasmo de Federico Villanueva, su inseparable compañero desde los comienzos, junto con el consejo pastoral, la celebración fue un torrente de cariño, de gratitud, expresado en una liturgia tan bella en su sencillez. Al terminar la homilía, expresión de humanidad y sentido creyente desde el Evangelio, un niño de apenas 8 años inicio espontáneo un ferviente aplauso que arrastro a la numerosa asamblea.

Javier lo seguía todo con una contenida emoción interior y con piadosa paz... Sabiendo bien –“siervos inútiles somos”- el significado pastoral de sentirse así querido. Al terminar la Misa dominical, ya a la salida del templo, pudimos oír algunos comentarios: ¡Que fácilmente se crítica negativamente a la iglesia! Podían ver este acto para constatar la verdad de una comunidad cristiana: todo es Gracia, todo es Don, y Dios obra a través de sus siervos. El Aleluya de Häendel, interpretado brillantemente por el coro parroquial -Ipardoñúa- concluyó la celebración.

Ángel Echeverría Izu